Fue un día gris y glacial de 1875 cuando él llegó a la ciudad de Wichita;un forastero, como todo el mundo advirtió,a pesar de que el sombrero de ala ancha y baja le cubría su rostro hermoso y sombrío, ocultando el destello de sus ojos de acero. Sus espuelas de plata titilaron cuando bajó de la silla y aplastó el cigarro con el tacón de su bota. Vestía un largo guardapolvo negro abotonado hasta el cuello, que se hinchó con el crudo viento de la pradera. Llevaba una Peacemaker de ruleta grande ajustada a cada muslo, y sabía muy bien cómo usarlas. Era solitario, impulsivo, más duro que el acero, con el corazón cercado por un muro de piedra. No imaginaba al atar el caballo a la barandilla que Wichita causaría su ruina.
Ella tenía el cabello amarillo como el maíz y los ojos verdes
[como la menta. Su espíritu era valiente y sincero, como los propósitos de él; y como la belleza silvestre de la pradera que amaba, se mostró evasiva, nada fácil de domesticar, pues quería un hombre para ella o la absoluta soledad. En el corazón de él y en su alma ni una sola puerta oscura podía permanecer cerrada a la luz pura y al amor de ella, dispuesta a ofrecer todo de sí misma... y aún más.
La luna perlada, las estrellas como diamantes en una noche de ónice,la bruma de plata sobre un riachuelo de zafiros, el amanecer de rubíes en el horizonte de topacios, tesoros de esta clase le mostró ella, A través de sus ojos, él vio lo que jamás había visto: nubes de peltre licuándose en lluvia de cristal, un arco iris de ópalo sin principio ni fin, un atardecer granate que incineraba la llanura.El cielo de aguamarina, el algodonero de esmeralda,el oro cuando se sacude el trigo,el amatista de un añil intenso, la hierba jade del búfalo...
Éstos fueron los bienes que ella puso a sus pies,toda la riqueza de su mundo; y cuando lo hubo hecho,su pasado huyó de él en cuanto ella lo besó. Más dulce que la miel fue la pasión que brotó en su interior
y proclamó que ella sería siempre suya.Ahora la gente dice que, cuando sopla el viento del norte en las noches en que la luna está alta sobre la pradera, un observador atento puede ver dos jinetes fantasmales sobre el cielo. Ad astra per aspera, éste fue siempre su credo.
Ni siquiera la muerte pudo separarlos. Porque todo lo que merece ser poseído no puede ser tocado, sino sentido,y permanecerá por siempre protegido en las raíces del corazón.
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