Desde mi oscura soledad, te esperaré,
desde mi fría estancia, te añoraré,
desde mi eterno exilio, te recordaré.


Sabor a ti - Prologo

20 años antes.

Sophie temblaba mientras era jalada de un lado a otro como si fuera un perro. Extrañaba tanto a su padre que apenas podía dormir y comer. Quería mirar los hermosos escaparates llenos de decoraciones casi mágicas, pero no podía porque era llevada a la fuerza, sin importar lo que deseara. Tenía que utilizar todas sus energías para no soltar a su querida muñeca.

Lourdes Montalvo miraba a su hija como lo que siempre fue, un error y una pérdida de tiempo. Por ella no estaba dispuesta a perder su gran sueño de ser cantante. Su padre aún estaba viajando y no podía cargar con la cría de un lugar a otro.

Llego a la estación meditando su plan, si la madre de Víctor no la tomaba a su cargo la dejaría ahí. Aunque su padre tarde o temprano la encontraría, ese sería su castigo por intentar frenar su destino. Volvió a observar a su hija con deteniendo intentando percibir algún sentimiento, pero fue en vano, no sentía nada por ella, sólo fastidio. Pegó a la niña en la cabeza porque estaba a punto de llorar.

Sophie sentía como se le agarrotaban los dedos por el frío, había soñado con ver la nieve pero era demasiado gélida y ella sólo llevaba una ligera blusa, sus zapatos tenían huecos y no traía guantes. Su muñeca de trapo era lo único que le daba fuerzas y algo de calor.

Ya en el tren su madre se sentó junto a la ventana, mientras ella iba parada lejos, en la puerta, casi perdiéndose entre la multitud, sin miramientos fue golpeada y hasta pisoteada. Cuando por fin su madre fue a buscarla, tenía la cara sucia y llena de lágrimas. Poco a poco fue deslizándose bajo un dulce sueño.

Caminaron un largo recorrido en silencio, cuando por fin llegaron a una gran mansión, quiso parar para ver las decoraciones navideñas, en especial la de ese gran árbol que llegaba hasta al cielo, que con sus bombillos y luces de todos los colores la hechizaban.

Pero su madre la jaló de nuevo llevándola por un patio bien cuidado, aunque frío, entraron por una puerta pequeña hacia una gran cocina blanca y muy limpia. Una mujer mayor, ligeramente conocida, las recibió. Pasaron unos minutos en los cuales su madre y la señora discutieron a gritos
Sophie no aguantó más, sus voces le levantaban dolor la cabeza, dejó la cocina y fue a parar al gran salón, donde se hallaba un espléndido árbol de navidad.

Maximilian intentaba que le agradasen las matemáticas, odiaba hacer cuentas, pero ese sería su destino ya que un día heredaría los negocios de su padre. Contempló el árbol, pronto sería navidad y si no terminaba las tareas su madre no le daría sus regalos, pero le gustaba ver las luces y sentir la magia de que todo era posible.

Quien le volvió a la realidad fue Sara, la cocinera, que le envió chocolate caliente y galletas de jengibre, con desgana tomó de nuevo el cuaderno y empezó hacer las divisiones, de pronto notó algo, alzó la cabeza y fue cuando la vio.

Era una mata de cabellos negros toda sucia y temerosa, sostenía entre sus delgados brazos una muñeca de trapo y lo miraba no sólo con miedo, sino también con curiosidad. Tal vez fuera la soledad, o el aburrimiento, o el dejar de hacer durante un rato las divisiones, lo que hizo que se acercara ella.

La niña intentó esconderse metiéndose debajo de una mesa, Maxilian tomó una galleta y lo que le quedaba de chocolate y se lo dio sin decir palabra.

Horas más tarde, Sara los encontró dormidos y bien abrazados frente de la chimenea.

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