Desde mi oscura soledad, te esperaré,
desde mi fría estancia, te añoraré,
desde mi eterno exilio, te recordaré.


Un mito: Vampiro

Vampiro…
El solo nombre evoca la imagen de un cadáver chupasangre que regresa de la tumba para gozar de la sangre de los vivos. Monstruos condenados al infierno que evitan su castigo mediante vida ilegítimamente robada. Eróticos depredadores que sustraen su alimento de inocentes, forzados o quizá voluntarios, hombres y mujeres.

Desde el principio de los tiempos, la humanidad ha hablado del vampiro: el espíritu demoniaco encarnado en carne humana, el cadáver alzado de su tumba poseído por un hambre abrasadora de sangre caliente. Todo el mundo ha sufrido escalofríos de delicioso terror contemplando las proezas del vampiro que acecha en la noche. Los vampiros han estado entre nosotros desde tiempos prehistóricos…

Durante la antigua Grecia se conocían como Lamias, Chotrios, Prostropxivi. En Roma, “Larvaes”. Para los musulmanes son los “Gul”, si son machos, o “Gova”, si son hembras. Los Acadios (antigua Mesopotamia) los llamaban rappaganmenkahb, “la sombra de los muertos”. Incluso los aztecas tenían un nombre para los muertos que volvían de la tumba y se alimentaban de sangre: civatates.

En la Europa medieval, el mito cobró fuerza con el intercambio cultural con Oriente, recurriendo a leyendas y mitología antigua para explicar extrañas enfermedades que no tenían un origen conocido. Así, la hipertricosis (exceso de vello corporal) se transformó en licantropía, exagerada por la rabia, muy común en esa época. Las intoxicaciones por alucinógenos, la epilepsia, fueron tomadas como posesiones demoniacas o brujería, y la porfiria dio origen al vampiro.

La Porfiria es una enfermedad de origen hepático, en la cual no se forman adecuadamente los componentes de la sangre dando como resultado una severa anemia y otro tipo de manifestaciones que hicieron surgir los “tópicos” más frecuentes en el mito del vampiro. Dada la intergenecia de la época (apareamiento entre consanguíneos), la enfermedad era bastante común en las familias, lo que originó el llamado “contagio” por mordedura.

La anemia resultante de la mala calidad de la sangre, dotaba a los enfermos de una palidez extrema, sumada a la fotofobia (dolor y/o molestias ante la luz solar) producida por los radicales presentes en la sangre, que ocasionaba al enfermo comezón y ardor al exponerse al sol, fue el origen de que los vampiros no pudieran salir al sol. La misma anemia se complicaba con la mala alimentación predominante de la época, dando casos severos de desnutrición que ocasionaban enfermos extremadamente pálidos, delgados, parecidos a “muertos vivientes”. Esta malnutrición ocasiona retraimiento de las encías, dándole a los dientes una apariencia mayor, de colmillos.

Al no existir las transfusiones sanguíneas, ni los medicamentos adecuados para tratar la enfermedad, el enfermo buscaba lo que le hacía falta: sangre y carne cruda, recurriendo al asesinato cuando la situación se volvía crítica. La acumulación de radicales y sustancias nocivas en el cerebro, producto de la mala función del hígado, llegaba a producir una especie de demencia transitoria, similar a la rabia. Las escleróticas de los ojos se tornan amarillas con la acumulación de porfiratos, y el iris puede verse enrojecido e “inyectado en sangre”, contribuyendo a la apariencia feroz y de ultratumba. El ajo, que contiene una sustancia que causa el “adelgazamiento” de la sangre, complicaba la sintomatología, produciendo una exagerada reacción ante el simple olor. Si se le agrega la mitología de la época a la enfermedad, tenemos como consecuencia casos probados de vampirismo. La misma iglesia, con su brazo más violento, la Inquisición, habla y condena a los muertos vivientes.

Para muchos, el origen del vampiro aparece con la misma creación del mundo. Al negarse Lilith a convivir con Adán, es condenada a vagar sin rumbo y a presenciar la muerte de sus hijos, a lo que ella responde que entonces se alimentará de los hijos de Adán, y que las madres deberán vigilar a sus recién nacidos durante los primeros ocho días de vida. Y ahí no acaba el asunto. Lilith acude a los hombres en sueños, haciéndoles “derramar su semilla” para fecundar su vientre maldito. Lilith toma la sangre de los hijos de Adán y Eva como acto contrario al sacrificio del derramamiento de sangre. Así, Lilith se convierte en la primera “vampira”, el primer ser condenado por Dios que atienta en contra de su creación.

En los tiempos antiguos, el mito de Lilith era utilizado para explicar la elevada tasa de mortalidad materno-infantil, que ahora comprendemos como “muerte súbita infantil” e “infecciones y complicaciones post parto”; y para explicar las poluciones nocturnas de los jóvenes, que acusaban al demonio, súcubo, de acudir por las noches a ellos.

Un poco más tarde en la historia, se le agrega Caín. Después de matar a su hermano, Caín es condenado y maldecido por Dios a nunca morir y quien quiera que intente matarle sufrirá siete veces el castigo de Dios. Caín lleva esa marca de maldición en la piel. Poco después, Caín encuentra a Lilith, quien le enseña magia, oscura, desde luego, y le transmite conocimientos secretos y profanos. Caín abandona a Lilith. Se le aparecen entonces el arcángel Miguel y Rafael, invitándole a arrepentirse de sus pecados, a los que él rechaza, quedando condenado a temerle al fuego y al sol, dominios de los arcángeles. Ariel y Gabriel aparecen después, con el mismo propósito, maldiciéndole a beber solo sangre y a abrazar a las tinieblas. Caín después descubre como transmitir su maldición a otros, formando más como él.

Otra referencia importante se sitúa en el final de la Edad Media o Baja Edad Media en que se da la búsqueda de la piedra filosofal que, de acuerdo a las leyendas y tratados alquímicos, podía otorgar la eterna juventud y, por tanto, la inmortalidad, así como la codiciada transmutación del plomo en oro. Es en esta etapa cuando el hombre toma conciencia del temor a la muerte y los alquimistas (hoy científicos), buscan la manera de transgredir o violentar la naturaleza humana ideando remedios contra la vejez y la enfermedad, tratando de dar “vida” a seres construidos por el hombre.

El vampiro surge en el siglo XIX, en una corriente de pensamiento llamada Romanticismo, que ensalza lo exótico, inaugura la belleza de lo grotesco, la atracción por la muerte y pondera las pasiones sobre la razón. El personaje del vampiro es, como consecuencia, misterioso, seductor, y dueño de poderes sobrenaturales. Sin embargo, en el anverso de su carácter, vive atormentado por la necesidad irreprimible de alimentarse con sangre humana. Por otro lado, posee cualidades envidiables, por ejemplo: la capacidad de adoptar la forma de ciertos animales. Este animalismo representa la cualidad de sucumbir de manera consciente y controlada a las motivaciones instintivas e irracionales que cohabitan con el raciocinio en la mente humana.

Sin embargo, es hasta que aparece un escritor inglés que mezcla historia con mito, que surge el ícono actual del vampiro. Transilvania fue una tierra estratégica durante la conquista de Oriente a Europa, de complejidad defensiva con intrincados valles y montañas que constituían la puerta meridional de Asia. Así, el que quisiera conquistar Europa tenía que atravesar Valaquia, dominio de los Tepes.

Vlad Tepes, “el Empalador”, fue nieto de Micea el Grande, voivoda o soberano de Valaquia durante la conquista otomana. Su padre, Vlad II, fue cofundador de la Orden del Dragón junto a Segismundo, el emperador del Sacro Imperio Romano. La misión de la orden era impedir el avance turco a como diera lugar. La guerra fue violenta y cruel. El propio Vlad III fue entregado como rehén al sultán para garantizar cierta paz y comercio entre oriente y Europa oriental. Y fue con los turcos donde aprendió sus tácticas más crueles y salvajes.

Una vez libre, se dedicó a reconquistar su territorio y a reprimir el avance otomano, usando técnicas brutales y crueles, siendo su favorita el empalamiento. Se le conoció como Vlad Dracul, es decir “hijo del Dragón”, por ser hijo de un miembro de la Orden. De este personaje toma Abraham, Bram, Stocker, sus fuentes literarias para dar vida a “Drácula”, un ser que reniega de su Dios, por el que había combatido ferozmente, al perder a su amada. La condena resulta en una vida eterna y maldita, alimentándose de sangre, en reposición por la derramada durante su lucha, viviendo en las tinieblas y con la consciencia de la eternidad en soledad.

Así surgen las primeras características del vampiro: al estar maldito por su Dios, rehúye todo lo que se relacione con éste, cruces, agua bendita, iglesias. El sol y el día, contrario a la oscuridad de las tinieblas, merman sus fuerzas o pueden acabar con él. Ajos y plata, parte del folklore popular, pueden herirle, incluso matarle. Pero lo verdaderamente útil es la estaca de madera, al igual que la cruz de Cristo, clavada en el corazón, origen de su condena. O cortarle la cabeza, nunca falla. Este vampiro puede crear otros como él mediante la mordida y consecutiva ingesta de sangre, pero las víctimas deben ser mordidas tres veces, las mismas que Pedro negó a Jesucristo.

Cristianismo, paganismo e historia se funden. El vampiro ha nacido como ícono popular. Surgen por toda Europa historias de vampiros como un remedio a la represión sexual de la época, como miedo a la diversidad y a la naciente corriente del individualismo.

El vampiro resultante es un ejemplo de su época, un ser sensual y erótico, voyeur, que gusta de jóvenes doncellas, pero que debe ser invitado para poder acceder a ellas. “Entre usted por su propia voluntad”. El consentimiento es clave, es el libre albedrio de los hombres, seducido por la oscuridad gloriosa del demonio, la pérdida de la privacidad. Se forman los mitos sobre el amor desinteresado que calma la compulsión de la sed de sangre. Pero un vampiro es un ser solitario. Y no toma sangre porque quiere, al menos no siempre, sino porque no tiene otra opción.

La mordida del vampiro siempre resulta en lugares sensuales, prohibidos, cubiertos por los vestidos o por el pudor: el cuello, la muñeca, los senos, o incluso muslos y genitales. Es la mordida un símbolo de la penetración sexual, colmillos que se entierran y horadan lo más profundo del ser, una entrega del cuerpo y alma.

La sangre cobra suma importancia en el mito del vampiro. Para los cristianos significa la redención y la vuelta a la vida, tomar de la sangre de otro es un acto sacrílego, es tomar lo más íntimo que hay en uno mismo. Ofrecer la sangre a otro resulta profano, herético, es darse a uno mismo sin reservas, y no a Dios, a quien se debe el hombre, sino al demonio. La posesión del ser amado no significa la muerte, y aunque el amante no puede poseer al amado por completo, fantasea a veces con matarlo, pues a menudo preferiría destruirlo a perderlo, o bien, desea antes su propia muerte. El vampiro, es propenso a verse fascinado con una acaparadora vehemencia parecida a la pasión del amor. Jamás desistirá hasta ver saciado su deseo y succionado la vida misma de su codiciada víctima. Prolongará su disfrute asesino con un refinamiento epicúreo, realzado por las aproximaciones graduales de un complejo galanteo, para lograr el anhelado consentimiento y simpatía.

Los misterios egipcios establecen un lazo directo entre sangre e inmortalidad. Por medio de rituales y complejos sistemas, se produce un efecto estimulador de las células sanas, conduciéndolas a la mutación y a acelerar la desgeneración de células enfermas. Así, los cuerpos se mantienen jóvenes y eternos. El vampiro, al beber sangre, permite que sus células se regeneren constantemente, manteniéndose en la edad en la que “fue creado”, muerto y vuelto a la no-vida vampírica.

La sangre cumple un papel protagónico en la simbología de la historia humana. Los primitivos la consideraban el alimento de los dioses, pues contenía al alma y con ella a la esencia de la vida, aunque, para obtenerla, fuera necesario matar, ya sea en una guerra o en un sacrificio ritual. El beber sangre se convierte entonces en un acto propio de sacerdotes y líderes: los seres más cercanos a los dioses. Esta referencia tan antigua se halla inscrita en las pinturas rupestres y contenida en algunos ritos que aún se conservan por tradición oral, o bien, que se han transformado en actos simbólicos como el de sustituir la sangre por vino en el ceremonial católico.

Hablar de erotismo es hablar de violencia. Según Bataille, para poseer a la belleza hay que violarla. Y la manifestación cumbre de esa violencia es la muerte. El erotismo es un aspecto de la vida interna del hombre, una búsqueda que va más allá del mero acto sexual y que responde a la “interioridad” básica del deseo individual. “Puede decirse que el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte…”. La muerte: vertiginosa y fascinante, constituye el único límite insalvable para el hombre. De esa fascinación nace el vampiro, que reafirma la imagen de un ser con un tumulto de dualidades: belleza/maldad, vida/muerte, fragilidad/fortaleza. Es un ser seductor y una bestia depredadora que seduce a sus víctimas que, confiadas, le entregan la última gota de su sangre. El cadáver inmortal, basa su supervivencia en un falso acto amoroso. Porque, si bien el amor es la reafirmación de la vida, aquél que sucumbe al canto seductor del vampiro en busca de la pasión vital, no hace sino entregarse voluntariamente a la muerte.

El cuerpo de un vampiro no está realmente muerto. El estado de "no muerto" es más que un estado intermedio entre el fallecimiento mortal y la muerte verdadera. Como tal, el cuerpo de un vampiro está sujeto a condiciones completamente diferentes a las de la carne viva. No respira. Las lágrimas, saliva, y fluidos sexuales están manchados por la sangre. Sus cabellos y uñas paran de crecer, las uñas asumen una apariencia de cristal y los cabellos adquieren un brillo trémulo, no terrenal. Y por supuesto, su sangre ya no es un constante flujo por todo el cuerpo. Normalmente, el corazón de un vampiro no late a menos que se alimente, en cuyo caso late al mismo ritmo que el de su víctima, una experiencia extática de intimidad entre asesino y víctima, tambores gemelos en resonancia, uno gana poder gracias al marchitamiento del otro. Saciarse en extremo o el hambre extrema pueden hacer funcionar el corazón, el primero con un pálpito feliz, caluroso; el segundo un ardiente vórtice, vaciando las venas y arterias, tensándolas como una malla de alambre. Desgraciadamente por el vampiro, algunas de estas diferencias físicas pueden ser descubiertas por un agudo observador.

Analizando más a fondo a estos seres, hemos de tomar en cuenta el ámbito de violencia y transgresión que constituye su mundo. Con el avance de la civilización, los descubrimientos científicos, y la pérdida de antiguos tabúes, el vampiro evoluciona a la par que la humanidad, aunque aún conserva algunas características que le hacen ser vampiro: fue mortal, encontrándose en un estado de no-muerto. Se alimenta de fluido vital, que puede ser tan etéreo como el alama o físico como carne en descomposición. Permanece en el estado en que fue transformado. Posee características sobrehumanas, fuerza, velocidad, percepción, y quizá algunos otros dones: percepción, precognición, telepatía, telequinesis. Su piel es pálida y sus ojos tienen un color diferente al del resto de los mortales. Tienen afinidad natural con la magia, en especial la negra y concretamente con la nigromancia. Pueden transformarse a placer en animales asociados a las tinieblas, lobos, perros, murciélagos, ratas. Proyectan sombra que pueden mover a voluntad, pero son incapaces de reflejarse en los espejos, pues estos proyectan el alma humana y los vampiros carecen de ella.

La transmutación del vampiro a formas animales (lobo, murciélago, etc.) remite su probable origen al totemismo, creencia en la que el espíritu de un animal adopta a un ser humano, tribu o civilización para compartir con él sus cualidades. Se les añaden características que van de la mano con la evolución cultural de la época, son extremadamente sensuales, de virilidad extraordinaria, conquistadores irresistibles. Aunque convertirse en vampiro, habiendo nacido mortal, conlleva un castigo pesado, se pierde el derecho a morir. Aun si el cuerpo es completamente destruido, el alma o espíritu seguirá teniendo consciencia de su existencia, sin encontrar el descanso eterno jamás.

La pérdida de fe llegó a inculcarse en la psique del Mundo Occidental; el poder de los símbolos tales como cruces y rosarios, salió de la conciencia del hombre, así como cuando se sentaban en el diván del psicoanalista y charlaban acerca del vacío del ser. La Humanidad había cambiado la fe por escepticismo y las antiguas creencias por dudosas modas. Una fuerte moral compás que nunca apuntaba hacia la sofisticación; así que se desechó la brújula y la humanidad magnetizó sus propios puntos de referencia. Las décadas siguientes sólo hundieron más aún la estaca en el sagrado corazón: el Holocausto de los cuarenta, el fachada paranoica de los cincuenta, el caos social de los sesenta, el vacío de los setenta, la avaricia de los ochenta. . . y pronto incluso Hollywood lo descubrió. "Si tienes fe, para qué trabajar..." Y los noventa, bueno, hasta el Papa teme a una oveja clonada más que al Diablo... En la actualidad, los vampiros se mezclan entre los humanos, viviendo vidas humanas nocturnas, cambiando sus hábitos alimenticios para poder pasar más tiempo con sus seres queridos mortales.

El vampiro moderno ya no es el monstruo o villano que acecha en la oscuridad para despojarnos de nuestra mortalidad y condenarnos. Ahora son seres atormentados por sus propias personalidades, que aman, odian y luchan en términos mayores que el resto de los humanos, pues su vida suele durar mucho más. Un vampiro guardará un verdadero rencor o amor eternos. Los vampiros modernos suelen aburrirse de su existencia. La desesperación existencialista, la soledad, la locura, pueden ser los verdaderos asesinos de un vampiro. Ser un vampiro es un conflicto personal que supone intentar retener la propia humanidad cuando se ha sido convertido en un depredador de humanos, un asesino perfecto sediento de sangre siempre.

Como orígenes del vampiro surgen ahora seres de otro planeta, virus, mutaciones de la especie humana, creaciones robóticas, espíritus encarnados, etc. El cine, el comic, la televisión, crean una nueva imagen del vampiro contemporáneo. Se vuelven detectives que luchan contra otros seres del inframundo. Van armados por las calles con armas de fuego automáticas, granadas y carros blindados a la caza de los depredadores de humanos. Son amantes, cantantes, médicos, compañeros de aventuras, forman familias, pueden tener hijos… ya no existe una clara diferencia entre el vampiro y el mortal, exceptuando tal vez, la propia consciencia de la mortalidad. El ansía de sangre y poder son, muchas veces, mayores en los humanos que en los vampiros.

El hombre-lobo es la bestia desatada, el primitivismo en su máxima expresión, el instinto por sobre la mente, la pasión y la fuerza bruta. El vampiro es más sutil para lograr sus objetivos. El vampiro, a diferencia del licántropo u hombre-lobo, es racional, actúa con consciencia, planea y ejecuta, seduce y convence. Y cuando no lo logra, toma por la fuerza. Vampiros y licántropos pueblan nuestros mundos fantásticos, sueños y pesadillas. Y películas y series de televisión y libros y video juegos y comics. A veces en guerras cruentas y en exceso violentas, a veces como aliados contra amenazas externas.

El vampiro en sí encarna la parte oscura y oculta de todo humano. El instinto primitivo de canibalismo, presente en toda religión. Los poderes que todos deseamos tener, aun a costa de la pérdida del alma. La seducción de lo sombrío y el exceso sexual. El dominio de la mente sobre la bestia que todos llevamos dentro. El surgimiento de los seres inmortales a lo largo de la historia de la humanidad refleja, al mismo tiempo, la necesidad de vencer las frustraciones y temores a que se enfrenta cualquier hombre, y las virtudes que desearía tener y le son negadas por la naturaleza. Los héroes, dioses, semidioses y mutantes tienen esas características pero se vuelven personajes trágicos pues su calidad de seres semi-divinos implica una respectiva carga de responsabilidad sobre tales poderes. El personaje inmortal tarde o temprano olvida que deber y placer no siempre van de la mano. Su soberbia (hibris) marca su destrucción.

"Bebe de mí y vivirás para siempre..."
Lestat, Entrevista con el vampiro, Anne Rice

PD: Quiero agradecer a Lauri por dejarme publicar su articulo, muchas gracias LAU


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Un mito: Vampiro by Lauri P. is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 México License.

3 Comentários:

Noelia dijo...

Muy buena!! Me gusta la recopilación de datos, muy interesante y la reflexión !!!


Besotes

Noe

†Нαяdсoяэ♥Gסŧhiс† dijo...

crepusculo mato la esencia del vampiro...
asi es como lo veo yo...

Anónimo dijo...

me encanta todo el tema vampìsico si me dieran a elegir una forma de vida eligiria ser vampira me encanta la sangre ese savor exacto a hierro con sal!! es ta...fascinante para mi lo ami sencillamente lo amo! y eso qe e leido es precioso y me encanta :)

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